MAQUÍLLATE


Laura está preparándose para su cita. Recién salida de la ducha se pone frente al espejo. El encuentro tendrá lugar dentro de dos horas. Ese tiempo bastará para estar perfecta. A Laura no le gusta su cara. Tampoco sus senos caídos. Ni sus orejas de soplillo. Juega con las partes de su cuerpo con desdén. Estira su cara soñando ser otra. Se martiriza por su genética. Acto seguido saca el arsenal de pinceles y polvos para acabar con el circo. El ritual es hasta bello. En el proceso ve su transformación y cada vez se gusta más. Su detalle es obsesivo y frustrante. Esconde sus defectos. Eleva sus senos. Empolva sus arrugas. Laura está lista. Para acabar se pone el abrigo. Acto seguido entra en una habitación contigua diáfana con una mesa, una silla, un ordenador y una cama. Se sienta en la silla. El ordenador ya está encendido. Se conecta. Suena un pitido secuencial. Al otro lado alguien desea hablar con ella. Laura pulsa el botón verde. Aparece en la pantalla un hombre con facciones marcadas, pelo engominado dirigido hacia el infinito y los ojos azul océano pacífico. Laura pulsa el botón de grabar. A Laura le gusta. Hola, dice ella. Hola, dice él. Un gesto al aire bien compenetrado les hace sentir besos lejanos. Él le espeta que está muy bella. Laura ya ha ensayado frente al espejo para ser agradable. Tuerce el gesto hacia un lado y esboza una sonrisa acompañada de un espasmo de gusto. Tú también eres muy interesante, dice Laura. No hace falta romper el hielo. Cada uno ha preparado su discurso. A él le gusta el mar, viajar sin planear nada (aunque no pueda hacerlo), el olor a pomelo, el helado en verano, bailar a solas, las motos (aunque no puede tener una), dormir, beber para olvidar, los perros en general, la albahaca, la tierra mojada, las orquídeas, ver la vida desde su balcón, tener que olvidar para beber, el chocolate, hacer ejercicio, las mujeres bonitas, Leonardo DiCaprio, el fútbol, cuidar su barba con aceite y las series de Netflix. No le gusta posar en las fotos, no tener trabajo, que sus padres le paguen el alquiler en la mejor zona de Madrid, pensar demasiado, llamar la atención, la piña en la pizza, reconocer su derrota, no tener dinero, los reptiles, buscar trabajo, las series españolas, el sonido de las campanas, despertar, los secretos, que le atosiguen, los políticos y no dedicarse profesionalmente para lo que se ha formado. Ambos sonríen. Se produce un silencio incómodo. A Laura le gusta el pomelo (miente para coincidir), bailar reggaetón, los caballos, reciclar, ser impulsiva, su trabajo, Twitter, montar en bicicleta, los vídeos de gatitos, ayudar a los más necesitados (aunque no tiene tiempo), ver llover a través de la ventana, actualizar su perfil cada día, quedar para cenar, ser autosuficiente, ir de compras, las series de Netflix también, dormir mucho, estar tranquila y tener todo ordenado. No le gusta el paso del tiempo, discutir, la mentira, no tener tiempo, la soledad, decir su edad, ver las noticias, que su trabajo le quite tanto tiempo, viajar sola, la presión, que nadie le diga cómo hacer las cosas, el orégano, aburrirse, la violencia, las flores marchitas (por eso ya no tiene) y la incomodidad. Ambos sonríen. Se produce un silencio incómodo. Laura se excusa para ir al baño. Nada está saliendo como él planeaba. Tras un ataque de ansiedad y unos retoques Laura vuelve sonriendo. Hablan un poco más. Banalidades. Al rato Laura se acuerda de que había quedado con una amiga (aunque sea mentira). Él tiene que terminar algo indeterminado (aunque sea mentira). Ambos se emplazan a otra ocasión futura (aunque saben que no ocurrirá). Con una sonrisa mutua se despiden. Comunicación cortada. Laura pulsa el botón rojo para dejar de grabar. Laura abre el programa de edición. Corta las partes que le interesan y las enlaza convenientemente. Laura pulsa el play y se tumba en la cama vestida. Se agarra a sus peluches mientras de fondo se oye la pista en bucle decir “Te quiero”. Laura duerme plácidamente. “Te quiero”. Esta noche no va a tener pesadillas. “Te quiero”. Cuando se levanta tiene un tremendo picor en la cara. “Te quiero”. Laura ve la funda blanca de la almohada. “Te quiero”. Se parece a aquel cuadro, piensa. “Te quiero”. No sabe ni dónde lo vio ni quién lo pintó. “Te quiero”. Laura apaga de un golpe al teclado el dichoso bucle. Una vez en el baño se desmaquilla y se lava la cara. La toalla tapa su cara. Mientras la va bajando sus ojos se van abriendo. Delante del espejo observa su cara y su cuerpo. A Laura sigue sin gustarle su cara. Tampoco sus senos caídos. Ni sus orejas de soplillo. Y la arruga que se le forma en la comisura de sus labios menos. Laura maldice su genética. Laura juega con las partes de su cuerpo con desdén hasta el punto de hacerse daño.

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